Formados por viento y agua, conservados por el sol; estos son los materiales de trabajo que forman parte de la obra de Diana Heil.
Los encuentra durante sus caminatas por paisajes tan diversos y únicos como sus hallazgos, los cuales pueden ser desde lo cotidiano a lo extraordinario. Pero sus esculturas no son "ready mades", "objet trouve" puros, porque siempre se encuentran en composiciones con otros elementos.
En el momento en que encuentra los elementos decide si son útiles para sus objetos, aunque puede ser que formen solo detalles diminutos de un objeto. La inspiración sale siempre del hallazgo.
Las esculturas de Diana no producen huellas ecológicas, dado que no están tratadas (sin barnices, pulidos o colores). Se pretende que los materiales muestren su peculiaridad, que se involucren y dejarlos hablar.
Cada pieza de una escultura es única, por eso es imposible que se repita.
La estructura de su montaje y la conectividad, los saca de su singularidad y los ubica en otro contexto, dando así carácter a sus "seres". Ellos empiezan a vivir con expresiones que pueden ser desde risueño hasta feroz. Sus figuras avimorfas no pretenden imitar ninguna especie de ave, sino darle otra identidad; recordando a la vez a seres de fábulas con fuerzas mágicas o chamánicas, que transmiten ciertos sentimientos como reflexiones del subconciente humano.
La utilización de cráneos y huesos refuerza especialmente esta expresión.
Compuestos sin regla alguna, dando alas a la interpretación y picos a las formas.